miércoles, 25 de septiembre de 2013

Keep Walkin´

Diego Pérez Ordóñez

Lo que cabe preguntarse es si caminar puede ser considerada, en sí misma, una cuestión artística y filosófica, si andar a pie en son diletante tiene vasos comunicantes con las letras, con la ciudad y con sus placeres: con la gastronomía, con los cafés, con las vitrinas, con las plazas, con mirar, a su vez, a los otros paseantes. También es lícito averiguar si caminar puede ser una vía de escape, de alejamiento de la realidad, irónicamente echando a andar por atestadas avenidas, por calles y veredas. Y ahí puede estar la introspección, lo que Le Breton argumenta de este modo: “Por su ruptura con los métodos de transporte más normales, por su imposición de un alejamiento de los caminos trillados, caminar no sólo es un proceso de conocimiento de uno mismo y del otro, un cambio del escenario del conocimiento, sino que también es una poda de todas las preocupaciones e induce a una efervescencia difusa, acentuada por la fatiga del camino.” (‘Elogio del Caminar’, Madrid, Siruela, 2011, Pág. 64) Es decir, la identificación del caminar con la abstracción, con el repaso cuidadoso de los asuntos personales, a modo de evasión del tiempo. Como lo que emprendió Patrick Leigh Fermor, en sus propias palabras a medio camino entre un peregrino y un sabio itinerante, cuando se le ocurrió agarrárselas a pie desde Rotterdam hasta Constantinopla en el invierno de 1933, en pleno ascenso del nazismo, en medio de la decadencia de la cultura galante y cortesana, con noches pasadas sobre pajonales y henos de los establos y otras en castillos al contorno de los ríos. En el caso de Fermor, el andarín que se adentra en la cultura, en los idiomas y en las costumbres de todo lo que está a su paso, con la mente joven, abierta y todavía liberada de prejuicios. Fermor, el joven caminante hambriento de experiencias, el joven sin nada mejor que hacer que caminar (se) Europa casi de cabo a rabo (Ver ‘El Tiempo de los Regalos’, Barcelona, Península, 2001)

Fuente: www.urban75.org
O quizá caminar en el plan de Henry David Thoreau, que tanto hizo por el pensamiento y por el movimiento ambiental, por el individualismo y por el derecho a la resistencia, con su célebre ensayo publicado en la revista Atlantic en 1862 (http://www.theatlantic.com/magazine/archive/1862/06/walking/304674/).  La cita es larga, pero incluso traducida, vale la pena: 


En el curso de mi vida me he encontrado sólo con una o dos personas que comprendiesen el arte de caminar, esto es, de andar a pie; que tuvieran el don, por expresarlo así, de ‘sauntering’ [deambular]: término de hermosa etimología, que proviene de ‘persona ociosa que vagaba en la Edad Media por el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse à la Sainte Terre’, a Tierra Santa; de tanto oírselo, los niños gritaban: ‘Va a Sainte Terre’: de ahí, ‘saunterer’, peregrino. Quienes en su caminar nunca se dirigen a Tierra Santa, como aparentan, serán, en efecto, meros holgazanes, simples vagos; pero los que se encaminan allá son ‘saunterers’ en el buen sentido del término, el que yo le doy. Hay, sin embargo, quienes suponen que la palabra procede de ‘sans terre’, sin tierra u hogar, lo que, en una interpretación positiva querría decir que no tiene un hogar concreto, pero se siente en casa en todas partes por igual. Porque éste es el secreto de un deambular logrado. Quien nunca se mueve de casa puede ser el mayor de los perezosos; pero el ‘saunterer’, en el recto sentido, no lo es más que el río serpenteante que busca con diligencia y sin descanso el camino más directo al mar. Sin embargo, yo prefiero la primera etimología, que en realidad es la más probable. Porque cada caminata es una especie de cruzada, que algún Pedro el Ermitaño predica en nuestro interior para que nos pongamos en marcha y reconquistemos de las manos de los infieles esta Tierra Santa.” (Traducción de Federico Romero)

Si dejamos en el cajón los asuntos políticos y filosóficos del caminar, se puede demostrar que la literatura está invadida de imágenes y de referencias de peatones, de tramas del marchar. Viene a la mente la escena nocturna y madrileña en Mañana en la Batalla Piensa en Mí’ de Marías, una de las circunstancias más enigmáticas de la literatura de este novelista, un pasaje a medio camino entre lo alucinante y lo cinematográfico, una acción que no parece calzar del todo ni en la estructura ni en la trama de la novela, como una toma encastrado en el texto a modo de experimento:

Decidí salir de nuevo a la calle y dar un paseo andando, caminar un rato para distraer la mente y cansar el cuerpo y por lo menos no estar yo en una alcoba mientras los demás lo estaban, dos o cuatro…Y fue a la altura de la Plaza de Oriente donde vi dos caballos que avanzaban en la dirección contraria a la mía, pegados a la acera lo más posible para no incomodar a los pocos coches que aparecieran. Eran dos caballos y un solo jinete, o caballo y yegua, el hombre con sus botas altas montaba al de color canela, la otra jaspeada iba a su misma altura también ensillada, si acaso se retrasaba medio cuerpo en algunos momentos, iban al paso y se los veía flemáticos, caballos andaluces de silla, resonaban los ocho cascos sobre el pavimento brillante, un sonido antiguo, cascos en la ciudad, algo insólito en estos tiempos soberbios que han expulsado a los acompañantes del hombre a lo largo de su historia entera…” (Madrid, Alfaguara, 2010, Págs. 286-287)

Fuente: www.theflaneur.co.uk
Y una de las novelas caminantes por excelencia – una suerte de ‘road novel’- si cabe la expresión, ‘Sin Remedio’ de Antonio Caballero, la historia de Ignacio Escobar, poeta estropeado y paseante sin destino de la Bogotá de hace un par de décadas, que coquetea al mismo tiempo con las drogas y con la remota posibilidad de la lucha armada, en el fondo un niño-bien bueno para nada:

Bogotá es una ciudad horrible. Cecilia lo había dejado sin un centavo para un taxi…Echó a andar por el medio de la acera rígido, dejando correr el agua por su frente y sus pómulos, permitiendo que se colara en sus ojos y en su boca entreabierta, sin hallarle sabor, dejando que rodara por su cuello, espalda abajo, mezclándose con el sudor del cansancio y la rabia. Intentaba no caer en los charcos martillados de lluvia, escrutaba la corriente engañosa y se hundía hasta las corvas en otros más profundos. Escobar echó a andar hacia el norte por la Carrera Quinta. Se paró en una esquina a armar un cacho, pero vio con temor que estaba a veinte pasos de una estación de policía. Recordó que tenía hambre. Entró a una tienda. Atarugó de hierba, para probarla, la punta de un cigarrillo.” (Bogotá, Alfaguara, 2004, Págs. 68, 69 y 114)

Es que en ‘Sin Remedio’ las caminatas de Escobar – sus retratos literarios de Bogotá- son en gran parte la trama misma, son, probablemente, las evocaciones de Caballero de su ciudad gris y neblinosa, de la capital lluviosa y confinada por las montañas. Y si Caballero grafica a la ciudad nada inocente, Rubem Fonseca desentierra –usa a José como intermedio de añoranzas- a la Río de Janeiro que recién ha despertado de la bella época, a la ciudad en cuyas playas todavía no hay contaminación, a la ciudad que todavía admira a Europa:

“Pero ahora la lectura había encontrado a una rival, la ciudad, y José dejaba de leer para deambular por las calles del centro, cuando lograba escapar de la vigilancia de su madre. Y las imágenes, sonidos y olores de aquella ciudad llamada São Sebastião do Río de Janeiro lo despertaron hacia otra realidad y lo hicieron descubrir un mundo nuevo y atractivo: le dieron una nueva vida.” (México, Cal y Arena, 2011, Pág. 31) Y “Desde su casa llegaba a pie, en diez minutos, a la avenida Beira-Mar, y podía contemplar la bahía de Guanabara, El Pão de Açúcar, el morro Cara de Cão y los fuertes que protegían la entrada de la bahía, por donde a veces un navío, que venía seguramente de muy lejos, llegaba lentamente. Podía nadar en la playa de las Virtudes o en Santa Luzia, pues las aguas de la bahía aún no estaban contaminadas. O también en la playa de Flamengo, que estaba a una distancia que recorría vagando por la orilla del mar.” (Pág. 35) Es la Río que Oliverio Girondo, quizá en esas mismas épocas, graficó como “Caravanas de montañas acampan en los alrededores…Sólo por cuatrocientos mil reis se toma un café, que perfuma un barrio de la ciudad durante diez minutos.” (‘Veinte Poemas Para Ser Leídos en el Tranvía”, Madrid, Visor, Págs. 34-36)

Fuente: www.urbansketchers.org
Y luego están las ya comunes caminatas por las grandes ciudades, como el tríptico neoyorquino de Paul Auster, experto en laberintos y entresijos, diestro de los espejos y de los fondos dobles:

“Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Cada vez que daba un paseo se sentía como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose al movimiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba escapar a la obligación de pensar…El mundo estaba fuera de él, a su alrededor, delante de él, y la velocidad a la que cambiaba le hacía imposible fijar su atención en ninguna cosa por mucho tiempo. El movimiento era lo esencial, el acto de poner un pie delante de otro y permitirse seguir el rumbo de su propio cuerpo.”
(Barcelona, Anagrama, 2002, Pág. 10)

O también los vagabundeos por la ciudad en plan de nostalgia, de comprobar la declinación personalmente, de procurar que las cosas estén/sigan en cierto orden, del modo esperado. Como la Venecia de Predrag Matvejevic, la Berlín del joven Laforgue o, en este caso, la París que Julien Green se propuso descubrir y describir de forma milimétrica, tejado a tejado, calle tras calle:

“Inmensos paseos por París. En Cluny, el museo modélico de hoy. Han desaparecido las amplias capas de terciopelo negro, tachonadas de lamas de oro y plata, que llevaban los caballeros del Espíritu Santo. Ha desaparecido también el diablo que sacaba la lengua y asustaba a las religiosas desobedientes agitando unas cadenas...He ido a pie a la Ópera, donde me proponía detenerme un instante en el Café de la Paix, pero está cerrado por reformas…En el bulevar, la muchedumbre de los días de asueto que, a la vista está, no sabe qué hacer con su tiempo, vagabundea, hace cola delante de los cines, triste y desmoralizante. Odio el bulevar cuando siento la presencia de un tedio casi sobrenatural.” (‘París’, Valencia, Pre-Textos, 2005, Págs. 116 y 117).

El ejercicio de Green permite cerrar en tono afrancesado, con la ayuda del caminante que busca ser creador a su modo, de vuelta a Le Breton: “El viajero, por su parte, intenta descubrir la ciudad inventando su camino personal, si bien de vez en cuando deambula con un plano para identificar los lugares a los que a lo mejor volverá expresamente en otra ocasión. Ésa es la forma de caminar del ‘flâneur’, el paseante ocioso, que vagabundea, que callejea, de la persona para quien la ciudad no tiene más límite que su atracción por el magnetismo del lugar. (Le Breton, Pág. 120)  Keep walkin´.



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