domingo, 26 de marzo de 2017

El otro yo del profesor Sebald

Diego Pérez Ordóñez

De vez en cuando aparecen esos artistas a los que uno tiende a merodear tímidamente y con cierta suspicacia, a mirar apenas por el rabo del ojo. Uno se limita a curiosear las solapas y las contratapas, a rondarlos en las librerías sin que la voluntad dé para mayores y ambiciosos planes de lectura de corto plazo. El libro queda en los estantes para otra mejor oportunidad, quizá para la próxima vez. Se trata de esos autores sobre los que uno sobrevuela con algo de aprensión, sin animarse a tomar tierra, por temor a las densidades y a los laberintos que inicialmente plantean.

Desde hace años ese fue mi caso con el alemán W.G. Sebald (1944-2001): hasta su muerte en un accidente de tránsito, un escritor que caminaba a grandes zancadas con destino a los panteones de la literatura, que acumulaba la admiración y el asombro de sus lectores y de sus críticos – incluyendo a Susan Sontag: Su lenguaje era maravilloso: delicado, denso, inmerso en la materia de las cosas; y aunque de esto hubiera amplios antecedentes en lengua inglesa, lo que resultaba ajeno y a la vez más persuasivo era la autoridad extraordinaria de la voz de Sebald: su gravedad, sinuosidad, precisión, su libertad frente a toda cohibición debilitadora o toda ironía gratuita.”  (En www.enriquevilamatas.com)

www.haarkon.co.uk
Cegado por el prejuicio, antes de meterme a bucear en sus páginas, me ocurría que aquello que Sontag encontraba de maravilloso en Sebald, era justamente lo que a mí me resultaba en verdad refractario: ¿Era Sebald un novelista, para empezar? Si era, en efecto, un novelista, ¿cuál era la secuencia argumental de sus novelas? ¿Por qué se daba el trabajo de escribir capítulos eternos -que solían ocupar decenas de páginas? ¿Por qué ilustraba sus “novelas” con fotos de mala calidad? Durante años, en resumen, W.B. Sebald me repelió, por arrogante, por espeso, por indefinido (eso es lo que creía, al menos). Sentía y podía oler una barrera de entrada inabordable, unos puentes imposibles de cruzar.

A lamerse los bigotes

Ahora, arrepentido, me relamo los bigotes con la obra de Sebald, procuro exaltar los placeres de haber superado el miedo, merodeo las librerías en indagación de sus libros y busco gente con la que hablar sobre su desafiante y algo etérea literatura. Necesito conversar sobre Sebald, procurar diseccionarlo y conocer de primera mano sus circuitos, sus tuercas y tornillos. Trato de localizar – en vano, claro- los linderos que él mismo se encargó de cuidadosamente dinamitar: los vaporosos límites entre la novela, la autoficción, el ensayo en toda regla, el recuerdo y el apunte. Porque Sebald – me costó tiempo entenderlo-  hizo volar por los aires cualquier suposición de género literario, desde que se contrató a sí mismo como el poco confiable narrador (también llamado W.G. Sebald) que camina paciente y detalladamente por las costas del norte de Inglaterra a la busca de la caja negra de sus propios recuerdos, o desde que recorre Viena, Venecia y Verona, como un flâneur en un paseo fantasmagórico en el que espera darles encuentro a Luis de Baviera o a Franz Kafka. Y porque Sebald parece haber reinventado la ficción, o por lo menos rediseñado y relocalizado de forma radical sus planos y estructuras. Y también porque desafía abiertamente a la novela común -después de leerlo, muchas novelas brotan apenas normales y casi rutinarias. El arte de Sebald termina por devaluar a muchas otras novelas, cuyo único objetivo parecería ser mover hacia adelante un guion para adelantar la trama y pasar las páginas. Lo que quiero decir es que la literatura de Sebald a veces hace parecer habitual y ordinaria a la otra literatura.

Escudriño en sus páginas como para descubrir sus reflexiones acerca de los asuntos más poderosos de las letras, como los efectos del paso del tiempo, el rescate de la memoria o la búsqueda de la identidad: “Cuando nos contemplamos desde tal altura es horrible lo poco que sabemos de nosotros mismos, de nuestra finalidad y de nuestro fin, pensaba para mí mientras dejábamos atrás la costa y volábamos sobre el mar verde gelatinoso.” (Los Anillos de Saturno, Pág. 108).  O quizás: “Me di cuenta entonces de qué poca práctica tenía en recordar y cuánto, por el contrario debía de haberme esforzado siempre por no recordar en lo posible nada y evitar todo lo que, de un modo o de otro, se refería a mi desconocido origen.” (Austerlitz, Pág. 143).

Y en materia literaria este profesor alemán es una especie de falsificador o, si se quiere, de impostor o de mentiroso profesional; muy pocas veces sus tramas llevan a algún lugar concreto, al tiempo que Sebald se solaza en el arte de la distracción. Adora -se nota desde las primeras páginas- torcerle el brazo a la realidad, desafiar al lector a consultar diccionarios y libros de historia, en indagación de extraños parajes, nombres de calles, o de simple verificación de situaciones. Sus libros parecen contados desde atrás de un vidrio empañado y sus narraciones (si decirles narraciones fuera lo apropiado) amortiguadas por múltiples filtros y por no pocas sordinas. Sebald es elusivo, impreciso a propósito y engañador: “Cuando se tiene un recuerdo, se cree a veces estar viendo el pasado a través de una montaña de cristal…(Austerlitz, Pág. 161).

Y busco la voz de Sebald. Porque su voz está construida sobre la base de mando y de imperio: cada palabra tiene su peso, cada palabra tiene su propia cadencia (aun traducida al español). Su voz es petulante, ambiciosa, arrogante y está plasmada en párrafos eternos que se desdoblan como cintas.

Ahora mismo trato de volver a la literatura de W.G. Sebald, porque siempre tiene algo de ingrávida y mucho de espectral, porque está plagada de resonancias y de apariciones, de voces y de ecos: visiones temporales, personajes que se difuminan, historias dentro de otras historias. Ahora trato de volver a la literatura de W.G. Sebald, porque siempre parece inconclusa.