domingo, 2 de diciembre de 2012

Dark Side en el diván


Diego Pérez Ordóñez

Dark Side of the Moon (1973) es un universo en el que ocurren muchas cosas al mismo tiempo. Es Pink Floyd en su magnificencia. Es el tándem Waters/Gilmour operando a las mil maravillas. Es un disco suntuoso, poblado de ruidos desquiciantes, de voces extrañas, de estruendos y de planificados silencios. Es una obra en la que cohabitan las razones de la locura con los trasvases de una época. Es un símbolo de una era, que ha terminado por trasponer las líneas divisorias de las décadas, de las modas, de los fulgores. Lo anterior es apenas parte de aquello que vuelve a este disco atemporal, resistente a la incitación de lo transitorio.

Pongamos las cosas en contexto

El de 1973 debe haber sido un año importante, un año de quiebre. Desde Londres Camel hacía densos experimentos y piruetas con el rock sinfónico-progresivo. Desde el pastoso sur profundo de los Estados Unidos los Allman Brothers trataban de seguir adelante sin su guitarrista prodigio (Duane Allman), muerto en un accidente de moto. Marc Bolan y los T-Rex buscaban las fronteras entre la música y las candilejas, al tiempo que le daban energía al “glam rock”, del que ahora se nutre por ejemplo Lady Gaga. El inmortal David Bowie ponía más que una pizca de estética andrógina con “Aladdin Sane”, uno de los más reconocidos discos de todos los tiempos. Al mismo tiempo Yes indagaba en las demarcaciones del virtuosismo –a veces lindante con la neurastenia- en “Yes Songs”, coqueteaba con lo clásico y exhibía las probidades de Bill Bruford y Rick Wakeman.  Un tal Bruce Springsteen asentaba los primeros ladrillos del rock proletario y a un tiempo épico (a los gringos les gusta llamarlo de cuello azul) desde la deprimida New Jersey con “The Wild, the Innocent & the E Street Shuffle”. Genesis (el viejo, verdadero y artístico Genesis de Peter Gabriel) tanteaba los contornos de la delicadeza y de la complejidad en “Selling England by the Pound”, al tiempo que Elton John coronaba tempranamente su carrera con “Goodbye Yellow Brick Road”, su álbum más complejo, más acabado y más detalloso: en ese entonces un doble vinilo que abría con la desgarradora y furiosa “Funeral for a Friend/Love Lies Bleeding”, un estándar que el pianista nunca jamás logró igualar. The Who traspasaba la velocidad del sonido con “Quadrophenia”, a los lomos de la magnífica voz de Roger Daltrey (menospreciado incluso hoy, a pesar de ser uno de los grandes vocalistas de todos los tiempos) y del bullicio de Pete Townshend. Mientras todo eso pasaba los Byrds inventaban una variante del rock campestre, que luego le dio combustible y razón de existencia a Tom Petty y, desde la cenagosa Texas, ZZ Top reciclaba la herencia de John Lee Hooker en “Tres Hombres”, quizá su disco más célebre. 



En el mundo real un Elvis Presley que ya rodaba la pendiente de la decadencia daba un concierto en Hawái, Ferdinand Marcos se convertía en presidente vitalicio de Filipinas, el infame Richard Nixon empezaba su segundo mandato y enfrentaba el escándalo de Watergate, la Corte Suprema de Estados Unidos le daba carácter de derecho al aborto en Roe v. Wade, israelíes, sirios y egipcios se enfrentaban en la guerra de Yom Kippur y el general Pinochet se hacía del poder en Chile tras un golpe de Estado. 

 Lo que quiero argumentar es que Dark Side of the Moon es el disco del “poshippismo” por excelencia, del choque de frente con la realidad, con la realidad del dinero, con la realidad del apuro, con la realidad de la política, con la realidad de la enajenación, con la realidad de los contratos con las casas discográficas, con la realidad de la inminencia de la muerte, con la realidad de la fama. Dark Side of the Moon es el punto de quiebre con el amor ingenuo y cándido, con la paz que nunca va a llegar, con el inexistente poder de las flores. Es una especie de baldazo de agua fría en la cabeza de la sociedad que se reunió en Woodstock en 1969, que aterrizó en la luna y que soñaba con un mundo mejor. Es que este acetato de Pink Floyd, por contra, es un alegato a favor de la realidad más cruda, de los ingredientes que llevan a la demencia, de la proximidad de un fin.

Aquí viene la disección

Pero argüir que Dark Side es un disco de quiebre (de la cándida sociedad hippie a la pragmática sociedad después de Vietnam) no basta. Tampoco es suficiente tratar de fundamentar que, en lo artístico, este álbum también se desvió de los valores más elementales del rock de los años sesenta: parcialmente de la simbiosis con el blues (notable en bandas como Led Zeppelin o los Stones), de la sospechosa alegría “catch all” de los Beatles o de las ínfulas operáticas de The Who. Para Pink Floyd Dark Side también significó un importante giro copernicano en lo conceptual: olvidar la nebulosidad y la sicodelia de discos como “Ummagumma”, o la complejidad de “Atom Heart Mother” (el de la portada de la vaca) para dejar en el camino a Syd Barrett (el anterior vocalista que, fundamentalmente, se recoció al cerebro con drogas). Dark Side significa, pues, la puerta de entrada a toda la excelsitud floydeana: las letras ensimismadas pero con frecuencia deprimentes de Roger Waters, de la mano del magisterio en guitarra eléctrica de David Gilmour. Incluso hoy, cuando la banda está en los archivos desde hace rato, la añoranza de Floyd, aunque no sea explícita, suele dividirse entre la escuela de la angustia de Waters y la parsimoniosa doctrina bluesera de Gilmour.  Pero no subestimemos a Richard Wright y a Nick Mason, las otras dos patas de la estructura clásica de Pink Floyd, de la banda en su más primorosa plenitud.



Creo que la gracia magistral del Dark Side empieza porque es una obra de arte de verdad, no meramente una colección de canciones. Su consonancia descansa en el hecho de que estamos –desde 1973- frente a un disco largo, unificado y continuo. Es que no admite, supongo, ser escuchado por pedazos: es un concepto monolítico y duradero. El enganche de “Speak to Me/Breathe” - plácido hasta el hechizo- termina por darle sentido a “Brain Damage” y a “Eclipse” en la forma de un camino que lleva con certeza hasta la alucinación amable. La continuidad (otra vez, una de las claves más cardinales del disco) nos lleva a alternar entre los silencios más primorosos (como el que preside y tutela a “Us and Them”, con su perdurable solo de saxofón) y los estruendos más llamativos, como las arrebatadoras cajas registradoras de “Money” o los invasivos relojes de “Time”. Así, a momentos, Dark Side causa un efecto de montaña rusa, de furiosas bajadas combinadas con ciertos oasis de estabilidad. Es este encadenamiento lo que le otorga carácter episódico a cada canción: por ejemplo, “Speak to Me/Breathe” como exordios de “Time”:

Hanging on in quiet desperation is the English way
The time is gone the song is over, thought I´d something more to say

Para muchos “Time” y “Money” son el centro neurálgico del disco. Quienes piensan así sostienen que, al ser Dark Side of the Moon un disco respecto de la locura ambas canciones lidian con dos conceptos relativamente nuevos en 1973, como el apuro, la necesidad de aprovechar ventajosamente el tiempo, y el valor del dinero. A mí me parece que el tema central del disco es “The Great Gig in the Sky”, que en la versión original del disco en vinil actuaba como una especie de divisor de aguas entre el primer lado y el segundo. “The Great Gig” fragmenta claramente al álbum entre la relativa certidumbre de sus temas iniciales y la deriva frontal hacia la chifladura de la parte final. Funciona como una variedad de himno a la muerte, cantado en improvisación y desgarro por Clare Torry, pero precedido por la suavidad del piano de Richard Wright y por la tocada voz del portero de los estudios de Abbey Road, reclutado para efectos de verosimilitud: “And I am not afraid of dying, any time will do I don´t mind.”  Parece que fue grabada casi sin querer, de modo experimental y que la Torry casi ofreció disculpas luego de la sesión. 



Pero ni siquiera este entreacto fúnebre logra desgajar ese aire majestuoso y pulido del disco, el unificado flujo y la consonancia que lo conducen desde el primer momento. Fíjense en que, quizá con afán de cierta teatralidad, los discos de Pink Floyd suelen tener un gran tema inicial a modo de telón: “Shine on you Crazy Diamond” o “One of These Days”. La clave de Dark Side  descansa en su secuencia, en su carácter de empresa musical, en su forma de creación en la que coexisten varios mundos. Solo así se explica su perpetuidad, su pertinencia por generaciones.





1 comentario:

  1. Estimado Diego: Pensaría que el año 73 es de una fina cosecha en cuanto a música no popular se refiere. Dark Side Of The Moon, Selling England By The Pounds, Camel y Larks Tongues In Aspic son obras descomunales del género. Incluso para ser más preciso, según he leído, en el 73 Yes empezó a construir su obra maestra: Las Puertas del Delirio.

    Saludos

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