domingo, 24 de marzo de 2013

Los argumentos del lector


Diego Pérez Ordóñez

Es que no hay, y no es posible que existan, dos bibliotecas iguales. Aunque alguien hiciera el paciente pero estéril ejercicio de repetir libro a libro y página a página los contenidos de los estantes, las ilusorias bibliotecas repetidas serían necesariamente distintas e incomparables, porque cada lector tendría su propia versión de los hechos, su propia historia que contar, su propia caja fuerte de la memoria.

Esa parece ser en sí misma la esencia de la lectura: la apropiación individual de la ficción, el placer de la intimidad, el valor de la diferencia, el episodio de lo imaginario. Con esto en mente, sin embargo, resulta discutible si la lectura como tal y aislada tiene valor intrínseco, si sus objetivos son solamente de recogimiento y de abstracción o si tiene sentido como forma de interconexión, si la lectura es, más bien y apenas, un callejón del laberinto, un angostillo de la catacumba. Es decir - arranquemos a argumentar- leer como desbroce de la maleza, con el objetivo de llegar a otros confines, con el fin de circular por nuevos caminos. Si nos decantamos por la teoría de que leer es apenas la punta del ovillo, la lectura es un ejercicio sin fin, carente de fronteras. Y la relectura, entonces, es más que retornar a leer, tiende más a volver a crear diferentes imágenes en la mente, a la construcción de nuevas sensaciones, diferentes ritmos. Por forma que el libro que descansa en el aparador es una especie de ser viviente y que palpita, en concordancia con la idea del poeta Valente de que el poema es un animal respirante o no es. Y es un ser viviente que al cambiar de manos va cambiando también de sentido dependiendo de quién y cómo lo lea.

Por el bulevar Haussmann

Ya el enfermizo Proust, diletante y arribista social, huraño y endeble (pero sin cuya colosal obra “En Busca del Tiempo Perdido” sería imposible entender la literatura contemporánea) evocaba las lecturas juveniles “…hechas en tiempo de vacaciones, que íbamos a ocultar sucesivamente en todas las horas del día que eran lo suficientemente apacibles e inviolables para darles asilo. Por la mañana, al volver del parque, cuando todo el mundo había salido ‘a dar un paseo’, me deslizaba en el comedor donde, hasta la hora todavía lejana de almorzar, no entraría nadie más que la vieja Félice relativamente silenciosa, y donde no tendría por compañeros, muy respetuosos de la lectura, más que los platos pintados colgados en la pared, el calendario cuya hoja de la víspera había sido recién arrancada, el reloj de pared y el fuego que habla sin esperar respuesta y cuya amable conversación vacía de sentido no viene, como las palabras de los hombres, a superponerse a las palabras que estáis leyendo.”  (“Sobre la Lectura”, 3ª ed., Valencia, Pre-Textos, 1997, Pág. 8) 

Proust – y este texto de 1905 es una de las cosas más perfectas que escribió- disecciona al lector neurótico, al que evade cuando es posible la compañía humana, al que busca los rincones apacibles, al que no levanta la mirada en los cafés a riesgo de ser reconocido o interrumpido, al que, incluso  cuando cierra el libro, le siguen resonando los ritmos de la prosa. Pero advierte también que la lectura no puede reemplazar a la vida misma, que no ha de ser confundida con la realidad. Regla que el mismo Proust parece haber violado con reincidencia si nos ponemos a pensar con la obcecación que escribió “El Tiempo Perdido”, casi en estado de reclusión médica y haciendo uso de su vida social como una especie de laboratorio para su soñada novela. 

Fuente: www.filmica.com

Por eso también en opinión del francés la lectura “…como toda pasión, está ligada a una predilección por todo aquello que rodea su objeto, que tiene alguna relación con él  y se comunica con él incluso en su ausencia.” Y “El lenguaje mismo del libro es puro (si el libro merece ese nombre), transparente merced al pensamiento del autor que le ha aligerado de todo lo accesorio hasta conseguir su imagen fiel; cada frase, en el fondo, se parece a las otras, pues todas son pronunciadas con la misma inflexión de una personalidad; de ahí esa especie de continuidad, que las relaciones de la vida y aquellos elementos extraños que se mezclan con el pensamiento excluyen, permitiendo enseguida seguir la misma línea de pensamiento del autor, los rasgos de su fisionomía que se reflejan en este segundo espejo. A veces nos encontramos a gusto en su compañía sin necesidad de que sean admirables, pues supone un gran placer para el espíritu contemplar estas pinturas profundas y profesarles una amistad sin egoísmo, sin frases hechas, desinteresada.” (“Sobre la Lectura”, Págs.49 y 55)

Neurosis y fetichismos

Por lo general el lector más o menos continuo es un fetichista bastante visible. Asalta las librerías en busca de la apetecida presa, con la vista recorre cientos de lomos pacientemente, mira de arriba a abajo, evita el contacto humano, construye sus rutinas con manías de diván, esconde los libros deseados (o los disimula en otra sección) a la espera del pago a fin de mes, conversa con los vendedores y libreros solo en caso de extrema necesidad (como preguntar por un libro que la semana pasada estaba y, ay, ha desaparecido). También por eso la lectura está enlazada con los pequeños placeres y con la pulsación de las ciudades, como una visita en un lunes por la tarde –neblinoso y con garúa- al viejo Libri Mundi de la Juan León Mera, o la caminata hacia la desaparecida librería limeña El Virrey (desaparecido el local de San Isidro, me refiero) con sus cafés vecinos para tomar fuerzas, para evaluar o decidir las compras, o una incursión a ArteLetra, el paraíso tangible en plena y ruidosa carrera séptima de Bogotá, con su perfectamente calculado desorden, con sus corredores intransitables por el apilamiento de los libros. Para el lector febril la librería, aunque no haya dinero o necesidad de comprar, es lugar de respiro obligado, de visita pavloviana.  

El libro como cuerpo autónomo y soberano, como el objeto más asombroso y deslumbrante de los instrumentos inventados por el hombre, como dijo el viejo y ciego Borges en la universidad de Belgrano en 1978: el libro como una especie de extensión de la memoria y de la imaginación. “Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible. Se dirá qué diferencia puede haber entre un libro y un periódico o un disco. La diferencia es que un periódico se lee para el olvido, un disco se oye así mismo para el olvido, es algo mecánico y por lo tanto frívolo. Un libro se lee para la memoria.” (“Borges, Oral”, en Obras Completas, Tomo IV, Buenos Aires, Emecé, 2010, Págs. 177-184) Si el libro como objeto es la más maravillosa invención humana –también me refiero al libro y a sus insumos materiales, la edición, la letra y sus tipos, el papel y sus variaciones- es también una caja que contiene imágenes independientes, donde cabe toda la ficción del mundo, donde viven frases asombrosas e historias fantásticas. 

Fuente: www.awesomepeoplereading.tumblr.com
Si la ficción no tiene límites, la capacidad de leer no debería terminar nunca. Leer es también una forma de atesorar: el lector atento que vuelve a una frase cadenciosa porque se le queda repicando, el que toma nota de las ideas o el que reproduce versos en un cuaderno especialmente comprado para ese preciso efecto. O el que, en afán demarcatorio y de conquista de territorios así como los viejos ejércitos clavaban banderas cuando perfeccionaban sus victorias, llena sus preciados objetos de calcomanías y papelitos de colores. O el leedor exégeta que llena los márgenes de pequeñas anotaciones…

Teoría de los vasos comunicantes

La lectura, en especial cuando es caprichosa y desordenada, sirve como ejercicio para la creación de vasos comunicantes, como el lector que encuentra nuevas ideas por medio de sus escritores de confianza: así, la lectura de William Faulkner, el gran geógrafo y trazador de mapas del sur de Estados Unidos, casi indefectiblemente llevará a otros grandes estilistas y arquitectos de localidades ficticias, como Juan Carlos Onetti o Juan Benet. Las ramas de los árboles genealógicos del cuento, por ejemplo, pueden empezar por la estética minimalista de Chéjov, pasar por las más sofisticadas elaboraciones de Guy de Maupassant, conectar con la aridez y la desolación de Juan Rulfo, hacer yunta con las perversidades de Raymond Carver, bajar a Buenos Aires gracias a las precisiones de relojería suiza de Borges y desembocar en la neblinosa y gris Lima de Julio Ramón Ribeyro un agosto cualquiera.

Si bien se trata de la creación de un universo particular de cada lector, de unos cotos privados en los que, a excepción de conversaciones o de generosidades nadie pueda entrar: la lectura está en posibilidades de significar la construcción de mundos privados, lacrados, infranqueables. Así cada acervo de lecturas configura una galaxia distinta, una república independiente, por forma que leer constituye una tentativa de probar los infinitos, de no terminar nunca. Siempre quedarán cosas por leer, siempre quedará intacto el aguijón de releer, de por lo menos pasar la mano por las repisas. Pero, cuidado, leer todo o leer de todo no serviría de nada si quien lee no es capaz de crear conexiones, de usar la literatura como cuartel general, para crear imágenes individuales, para fundar imperios y conquistar reinos colindantes. Ya el citado Proust había argumentado que la lectura no sirve para reemplazar a la realidad o superponerla, de modo que la gracia está en que la lectura haga las veces de circuito con otros feudos de la estética y de la búsqueda de la belleza, que esté enchufada con la música, que tenga un pie en la arquitectura y en las demás artes de la vista, que sea materia de discusión gastronómica o motivo de largas caminatas por las ciudades amadas. Entonces – sigue la teoría- leer por leer sirve de poco si la lectura no tiene ambiciones de interconexión. Volverse erudito (saber cada vez más sobre menos y menos) le quita toda gracia y todo arte a la lectura, la priva de goce y de encanto, la convierte, supongo, en un ejercicio casi sacerdotal. Buscar, como habría dicho Bergson, no solamente lo agradable que se dirija a la sensibilidad sino avanzar hacia lo bello, hacia lo que latiga la inteligencia. “La emoción estética no es una sensación, es decir, algo inmediato, es un sentimiento que ha sido precedido por un juicio, por un trabajo intelectual.” (Bergson, Henri, “Lecciones de Estética y Metafísica”, Madrid, Siruela, 2012, Pág. 2012)  El evento, entonces, de la combinación de placeres con la inteligencia como eje. 

Fuente: www.coladelmundo.blogspot.com

Leer por leer puede desembocar en la dificultad y en la esterilidad. Basta con imaginarse al gran Montaigne, encerrado y retirado en su torre de la Dordoña, que opinaba que solamente se debe leer los libros que fluyen y que es lícito dejar de lado las lecturas complejas y que cuesten trabajo: “En cuanto a las dificultades, si encuentro alguna leyendo, no me como las uñas con ellas; las dejo en su sitio tras hacer una carga o dos. Si me plantara en ellas, me perdería, y perdería el tiempo. Porque tengo el espíritu saltarín…Si un libro me disgusta, cojo otro; y sólo me entrego a ello en los momentos en que el aburrimiento de no hacer nada empieza a adueñarse de mí. Apenas me intereso por los nuevos, pues los viejos me parecen más ricos y más vigorosos; ni por los griegos, pues mi juicio no es capaz de sacar provecho de una compresión pueril y primeriza.” (“Ensayos”, Barcelona, Acantilado, 2007, Pág. 588) 

Así, pues, la lectura como búsqueda del placer, de la belleza precedida por el buen juicio, como vehículo para encontrar nuevas conexiones.

domingo, 10 de marzo de 2013

Elogio del cartógrafo: la cuestión Vásconez


Diego Pérez Ordóñez
  
Es que Javier Vásconez (Quito, 1946) podría perfectamente ser uno de sus propios personajes, una de las creaciones de su puño y letra. Incluso hay una alta posibilidad de que se haya dibujado a sí mismo, pacientemente, con una estilográfica Waterman.  No es raro verlo caminar por las calles de Quito, ajeno a casi toda coyuntura, lidiando con las asperezas de la lluvia y con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo de paño oscuro. También es común que merodee por la ciudad a la busca de alguien con quien tomar un café que incluya conversación literaria o trepando las gradas que llevan al añejo Chantilly, probablemente su restaurante favorito. O quizá en plan de orearse después de haberle dado pelea de trinchera a una página inusualmente insurrecta, escrita a mano con tinta azul añil y echado en la cama. Decir que anda con el sobrecejo comprimido es poca cosa en balance con su leyenda negra, o en comparación con sus frases cortopunzantes, con sus a veces ácidos debates y controversias que coquetean con la leyenda urbana. Vásconez a veces se camufla en su propia geografía, se amalgama con sus mismos mapas.

Supongo yo que será durante esas peregrinaciones por la ciudad con la que mantiene una relación casi esquizofrénica –más de luces y sombras que de amor y odio- cuando Vásconez cavila respecto de las andanzas del doctor Kronz (él mismo un paseante), cuando se pregunta por qué diablos esta localidad andina no tiene acceso portuario, cuando repasa las razones por las que, en aplicación de su propia filosofía, no se puede sino vivir en barrios que todavía tengan tiendas de esquina, plazas y plazoletas, y que puedan estar a tiro de piedra de cafetines y bares. Para Vásconez es vital la noción literaria de ciudades superpuestas: una ciudad de carne y hueso, de smog, aceras y semáforos, que se encarama sobre otra, artificiosa y fantaseada, de personajes prisioneros de su propia falta de destino, de perpetuas desolaciones y escenas mortecinas. Así, en su prosa la ciudad hace las veces de un mapa bosquejado desde cero, con el cuidado y el detalle del artista consumado, territorio de asesinos metódicos, jockeys deslucidos, coroneles encopetados, viejas beatas que se persignan, dependientes de hotel de dos estrellas y media o cantantes de cabarets de medio pelo.

El hombre anti-suburbano

Y a Vásconez le gusta profanar las fronteras entre lo que él considera la ciudad vieja – supongo que se trata de la ciudad que hace mucho terminaba en los contornos de la avenida Colón- la ciudad barroca y plagada de santurrones, óleos de familia, cuchicheos de iglesia y señorones de polainas y leontina:

“De algún modo cruzar la ciudad fue para mí como penetrar en un espacio desconocido, un espacio tan ilusorio como el sueño, como si al caminar derrotado y encorvado bajo la lluvia yo hubiera quebrado con mis pasos la superficie de un espejo. Dejaba atrás los patios con olor a manteca, el aire tibio por donde habíamos transitado, seguía sus huellas de oprobio e infidelidad. Después, ¿qué se hizo de ella? De esa mujer ambiciosa, sensual y fantástica, ¿qué puedo decir yo? De hecho, Eva no volverá más.”  (“Eva, la luna y la ciudad” en “Ciudad Lejana”, 2ª ed., Quito, El Conejo, 1984, Pág. 127.)  Se trata de “una ciudad donde ahora se ha refugiado todo el mundo. De Eva no he vuelto a saber nada desde el momento en que me dejó por un acuarelista mediocre.(Idem, pág. 123)

"De niño había jugado a las orillas del Moldava con otros chicos" (El Viajero de Praga)
No solamente es melancolía. Es la importancia de experimentar con la ficción, de crear una ciudad que se parezca a la ciudad a la que él está acostumbrado, al Quito de la casa de la calle García Moreno, a las cabalgatas infantiles en los escalones del Pichincha, a las primeras lecturas. No es solo la añoranza de cuando el agua caís por días seguidos en la ciudad que recibió al médico checo: “Llovía en la ciudad. Durante meses estuvo lloviendo y lloviendo. Hacía tanto frío por las noches que la gente comentaba no haber visto jamás un invierno igual. Fue un invierno tan lluvioso y opresivo que aún se lo recuerda con horror, pues tras unos días de sol, la lluvia volvió a golpear con brío en la noche interminable. El doctor se pasaba la mayor parte del tiempo recorriendo en su viejo Mercury las calles, visitando a los enfermos con un pesado maletín y el cuello de la gabardina levantado para resguardarse del frío.” (“El Viajero de Praga”, Quito, Alfaguara, 1996, Pág. 9)

La lluvia. En “La Sombra del Apostador”, por ejemplo, el propio Vásconez se amalgama con el narrador y nos deja ver –aunque de forma incompleta, como si estuviéramos mirando apenas por el ojo de la cerradura o por la rendija de una puerta desencajada- los entresijos de su teoría literaria: “Por eso voy componiendo el perfil de una ciudad imaginaria, pues la otra, la ciudad real, se ha ido desvaneciendo entre los recuerdos y la lluvia. ¿Cómo definirla sin correr el riesgo de limitar sus horizontes? Una ciudad es la memoria del lugar donde uno habita o un álbum abierto donde se conservan los recuerdos de una felicidad pasada y mentirosa. También es una manera de convivir con los fantasmas del amor.” (Quito, 1999, Alfaguara, Pág. 9) Si se pudiera cercar un párrafo que contenga el grueso de la argumentación de la teoría de Vásconez sobre la ficción seguramente sería este. Claro, es que en estas líneas están varios de los insumos de su prosa: los días en los que no paraba de llover, una ciudad entretejida con otra, la materia y la memoria, la imposibilidad del recuerdo y las traiciones de la evocación. Lo de la lluvia es un tema casi obsesivo (una especie de mínimo común denominador en su obra), quizá para dibujar la idea de una ciudad que, encajonada entre montañas, oprime y avasalla: “Aunque era invierno y llovía la mayor parte del día, Ramón Ochoa no llevaba ni gabardina ni abrigo como los otros chicos del colegio. Para guarecerse de la lluvia usaba una chompa de cuero con cuello de piel y estrellas metálicas pegadas a los hombros…” O las ululaciones del viento de agosto: “Más allá de los ruidos que percibía desde mi cama durante las noches de verano, también estaban los ecos del viento interpretados por una orquesta de medallones de piedra del Pichincha. De esos sonidos solían llegar hasta mis oídos los residuos de un aullido desaforado, enervante, propio de una manada de lobos enfurecidos. Al amanecer, el viento bramaba implacablemente, y podía sentirlo correr desenfrenado hacia mi ventana.” Es la musicalidad de la novela que siempre quiso escribir –supongo que el tono lo esquivaba durante muchos años- y que muestra los dos extremos de la geografía de su creación, las lluvias que no se extinguen y los vientos que no paran de vociferar. (“La Piel del Miedo”, Bogotá, Seix Barral, 2010, Págs. 55 y 69)

Es la topografía que da a luz a la ficción. Trazar mapas, borrar las fronteras hechas a lápiz, redefinir a mano valles y ríos, montañas y selvas. Y luego dejar a los personajes allá abajo, solos, encadenados a la sordidez de sus destinos, casi sin voluntad. Los personajes de Vásconez tienen como preferencia hormiguear por ahí, desolados, deambulando por calles también proyectadas a pluma fuente. Es el deseo –hay que suponer que siempre inconcluso- de mapear otra vez una ciudad que de cierto modo ya existe, para hacerla propia. Es la capacidad de estirar lo andino hasta que linde con los mares: “Sin embargo, el barco ya había atracado en el muelle haciendo sonar de nuevo la bocina. Ahora constatar que el café estaba desierto, pues no había nadie que siguiera desde la penumbra el movimiento de los buques al amanecer…Desde el estudio podía dominar la llegada del barco con bandera italiana, ingresando muy lento en la noche andina. Cada vez que me servía otro whisky, cosa que sucedía a menudo, imaginaba el rompeolas y el faro que completaban junto con las gaviotas el bosquejo minucioso del puerto.” (“Un Extraño en el Puerto”, Quito, Alfaguara, 1998, Pág. 9) Los lujos de la invención: un barco de divisa italiana que acodera en las demarques de los Andes, quizá en La Floresta, tal vez en los patios del antiguo Colegio Americano en una noche de niebla montañosa y de garúa testaruda.

La obsesión, pues, es restablecer la ciudad, volver a las mesas de cartografía, dibujarla desde los arranques, cuadra por cuadra, empedrado por empedrado, esquina a esquina: “Todos sus pasos parecían crear un vínculo indivisible con la ciudad. Manuela sabía que a fuerza de andar por sus calles y plazas terminaría por descubrirla, por levantar un París hecho a su medida…” Y claro, la porfía con la lluvia una vez más: “Durante los primeros días de noviembre, un violento e inesperado aguacero cayó sobre la antigua casona. Una tarde nublada, justo cuando comenzaba el invierno, el aire se tornó tan fresco y húmedo que los sapos cambiaron de color. El agua de la lluvia se asentó en las frondosas copas de los árboles, y las arañas se desplomaban sobre la tierra recién mojada.” (“Jardín Capelo”, Quito, Orogenia, 2007, Págs. 5 y 8)

Yokna…algo

Así, la geografía de Vásconez nos remite al condado de Yoknapatawpha, en el Mississippi segregado, húmedo y fangoso de William Faulkner, en el mismo Mississippi donde se empezó a fraguar el blues que vino en barcos esclavistas desde África, en un Mississippi que podría ser más caribeño de lo que pensamos. En esa zona de la ficción Faulkner basó la mayoría de su obra – creo que casi todo lo bueno, con excepción de “Las Palmeras Salvajes”- y sus historias de familias en camino de la pendiente social, los abismos de separación entre castas o el descubrimiento de la tensión sexual.  Yoknapatawpha es también para Faulkner un lugar de donde no se puede salir tan fácilmente, en el que las costumbres y convenciones sociales son más importantes que la misma ley, donde operan los códigos rojos del sur profundo. Es el lugar de las grandes plantaciones, donde los blancos son blancos y los negros, pues, negros. 



Fue en el artificial Yoknapatawpha donde el viejo Faulkner liberó sus diablos –él sostenía que el artista es una criatura empujada por sus propios demonios- su vehículo para contar las relaciones de la sangre (en dos sentidos, en el de la familia y en el de la violencia), para preservar a través de la literatura las peculiares costumbres y valores del sur estadounidense, derrotado en la guerra civil: Yoknapatawpha, en la teoría estética de Faulkner, puede ser una especie de microcosmos de lo sureño. Y aquí es, por tanto, cuando Faulkner explora indirectamente y sin quererlo las proximidades de lo latinoamericano, en las diferencias de clase social, en los símbolos secretos del trato entre el que tiene y el que no tiene, entre lo que vio y escuchó de niño en la tienda de abarrotes, en el juzgado, en los campos de algodón, o mientras la gente mayor bebía. (Para entender mejor a Faulkner es mejor leer su clásica entrevista con la Paris Review: http://www.theparisreview.org/interviews/4954/the-art-of-fiction-no-12-william-faulkner)

Por suerte Vásconez no está solo con sus obsesiones y demonios. Aparte de sus enlaces con Faulkner, ha tenido el cuidado de emparentar con Onetti, maestro geodésico de Santa María, otra ciudad de la que rara vez se sale “El olor de los jazmines invadió Santa María con su excitación sin objeto, con sus evocaciones apócrifas; fue llegando diariamente, como una baja y larga ola blanca, y cubrió muy pronto las huellas del arribo de las tres mujeres y de la apertura del prostíbulo en la costa. Todos tuvieron que abrir las narices y entonar los ojos para respirar el aroma de sabiduría y falsedad que venía desde las quintas; todos olieron los jazmines en secreto o con disimulo, comprobaron la existencia de perdones para cada injusticia, intuyeron que cada verdadero deseo engendra una promesa de cumplimiento. La realidad de las mujeres a diez pesos, la memoria de la casa pintada de celeste que se alzaba sobre el suave declive de la costa, naufragaron en la intensidad blanca del perfume.” Como si en un párrafo cupiera todo un universo: la esperada llegada de unas putas, los sentimientos encontrados de la inauguración de un prostíbulo en una ciudad cicatera, sin embargo del antídoto de los jazmines, de los suaves declives de la costa. (“Juntacadáveres”, Madrid, Punto de Lectura, 2008, Pág. 98) O quizá Onetti haciendo las veces de puente entre Montevideo, Quito y Mississippi, con un guiño de ojo al mencionado Faulkner: “En Santa María nada pasaba, era en otoño, apenas la dulzura brillante de un sol moribundo, puntual, lentamente apagado. Para toda la gama de sanmarianos que miraban al cielo y la tierra antes de aceptar la sinrazón adecuada del trabajo…Nada sucedió en Santa María aquel otoño hasta que llegó la hora –por qué maldita o fatal o determinada o ineludible-, hasta que llegó la hora feliz de la mentira y el amarillo se insinuó en los bordes de los encajes venecianos.” (“La Novia Robada” en “Cuentos Completos”, Madrid, Santillana, 1994, Pág. 321) 


En los Quitos de Vásconez nada pasa tampoco, el tiempo se estanca y se paraliza, se petrifica a poca vista y mucha paciencia de todos. Pero no llega a ser tan dramático como el Comala de Rulfo: este rincón de la imaginación en el que nunca se está seguro de quién está muerto y quién vivo, en el que “Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.” Un pueblo espectral: “Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer.” En el Comala rulfiano los fantasmas te respiran en la nuca, la menor exhalación levanta el polvo y los suelos están siempre resquebrajados. (Las citas son de “Pedro Páramo”, 8ª ed.,  Anagrama, Barcelona, Págs. 17 y 21) Más coincidencias, construcciones apagadas, poblaciones casi fantasmales, pasto fértil para almas que vagabundean.

Atención viajeros

Pero si se trata de aridez y de infecundidad hay que conocer Región, la invención de los teodolitos y reglas de cálculo del ingeniero Juan Benet, famoso esteta y bebedor inexorable de gin tonics, que nos cuenta que “El viajero que desde cualquiera de las capitales próximas pretenda llegar a Región por vía –en lo posible- férrea, bien descendiendo en Palanquinos para optar por el enlace con los Castellanos, bien continuando hasta Ponferrada para remontar el Sil con el minero de Villablino, bien –si procede del este- llegándose hasta La Robla con el Vascongado, bien apurando la red ferroviaria hasta la terminal de Macerta, vía Rañeces-Cabeza del Torce, pronto sabrá a qué atenerse.” (“Viator” en “Cuentos Completos”, Madrid, Alfaguara, 1998, Pág. 309)  



Se trata, en este caso, de una alicaída comarca en la que un pasajero de tren tiene que aguantar al jefe de estación, delirante por la soledad, que le cuenta sobre un episodio de 1934 que se conmemora con un tren vacío y sin horario que pasa por Región. “Un lugar tan solitario que nadie – ni en Región ni en Bocentellas ni en el Puente de Doña Cautiva ni siquiera en la torre de la iglesia de El Salvador- habla de él cuando todos saben que raro es el año en que el monte no cobra su tributo humano: ese excéntrico extranjero que llega a Región con un coche atestado de bultos y aparatos científicos o el desventurado e inconsciente cazador que por seguir un rastro o recuperar la gorra arrebatada por el viento va a toparse con esa tumba recién abierta por el anciano guardián, que aún conserva el aroma de la tierra oreada y el fondo encharcado de agua. El viaje, sin duda, no puede ser más desconsolador: una llanura sin encanto, una meseta pobre y seca cortada al norte por el farallón calizo – donde anidan una águilas pequeñas como vencejos- que sólo puede coronarse con la cuerda…” (“Volverás a Región”, Barcelona, 1993, Ediciones RBA, Pág. 9)

De modo que Javier Vásconez se convierte en cartógrafo, en un creador de geografías que dan a luz a su propia ficción, en una rama del árbol genealógico en el que los Faulkner, Benet, Onetti o Rulfo inventan condados enteros, regiones de desolación, ciudades lánguidas y pueblos espectrales.